Kathmandu, olor a Namasté.

Resetear es la única opción viable para disfrutar Kathmandu. Entre la humedad y las calles llenas de basura, el olor que de eso deviene, la comida que se vende al aire libre rodeada de moscas, el caos de motos, los bocinazos continuos que no siguen ninguna regla y la no existencia de cuadras, moverse por este lugar es pura voluntad. Pura voluntad o solo el shock de la primera impresión.

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Tras haber salido del aeropuerto, el cuerpo recibe el primer golpe. El calor húmedo. Ninguna novedad en comparación a Buenos Aires en Enero. Pero en este caso se suma el smog. El sol brilla, encandila y quema fuerte pero no se ve. El cielo está cubierto de una capa espesa y gris. Como si estaría por llover, pero no. Las mujeres van cubiertas con paraguas, pero no va a llover, se cubren del sol. Los pies están por explotar, pero no va llover. Todavía no, solo es el monzón que se anuncia.

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El aeropuerto está a media hora en auto de la ciudad. Llegamos por la mañana. Tomamos un taxi hasta el hotel que habíamos reservado en el barrio del Thamel. Es un barrio comercial con fines turísticos. Es muy fácil desorientarse, no existen las calles organizadas en cuadrículas. En un descuido ya habíamos dejado la avenida por la que veníamos y estábamos adentrados en un laberinto con calles de tierra. El camino parecía guiado por los cientos de cables colgando paralelos a las casas. No hay grandes edificios. Tampoco se ven entradas de casa. Solo locales muy angostos (el ancho de una cortina de chapa) sin vidrios ni puertas. La mercadería desborda cada local. Y entre medio quizas se pueda ver a la persona que lo atiende. Agachado en algún hueco, o cómodamente sentado en el medio, rodeado de su mercancía . Llegamos al Blue Horizon Hotel, que habíamos reservado desde Buenos Aires a la módica suma de U$26 por día. Unos días mas tarde nos daríamos cuenta que era una estafa. Era medio día, luego de 27 horas de vuelos y traslados, dormimos hasta las 9 de la noche.

La noche nos esperaba con una gran sorpresa. Era vísperas del año nuevo nepalí. Las calles estaban repletas de juventud vestida para el baile. Con la inocencia del primer día en este hemisferio del planeta, esperaba un poco mas de saris coloridos. En cuanto al vestuario, parecía un sábado a la noche de previa paseando por cualquier barrio de buenos aires. Nos saludaban, Happy new year! Nosotros buscábamos el gran festejo, pero no encontramos nada. Mas tarde nos enteramos que el año nuevo nepalí se festeja en todo el país con celebraciones familiares y coincide con el Bisket Jatra, el Balkumari Jatra y el Bode Jatra, fiestas locales que tienen lugar en el Valle de Kathmandú, en las ciudades de Bhaktapur, Thimi y Bode respectivamente. Mientras tanto en el Thamel, el barrio mas turístico de Nepal nosotros insultamos nuestra primer comida picante y festejamos con un par de cervezas Everest.

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Happy New Year!

En la ciudad de Kathmandu se puede caminar a cualquier hora por cualquier lugar. Si hay que prestar atención en la calle a las motos y los autos. No existen reglas, las motos te pasan por atrás, por adelante por cualquier lugar, y como absolutamente todos tocan bocina, no hay ninguna referencia. Los primeros días cruzar una calle era un dolor de cabeza. No te dejan pasar, pero si te animas a cruzar, te frenan a dos centímetros. Descubrimos que esa era la técnica. Ir cruzando de a tramos, hacer tres pasos, y dejar pasar a cuatro motos. Dos pasos mas, y pasa un auto, y al quinto paso ya estas del otro lado de la calle!

Algo fascinante de este lugar es que al ser tan laberíntica su estructura, te perdés muchas veces al día. El resultado es una paseo en un museo interactivo al aire libre. Te tropezas con  elementos mitológicos, imágenes sagradas y construcciones históricas en casi cada esquina. No solo se admiran: se veneran y coexisten en el día a día de la gente. Es común encontrar imágenes de piedra de Ganesh al lado de una carnicería. Sin ninguna placa identificadora, ni cerco de seguridad, estas esculturas pueden tener cientos de años. Las personas que pasan al lado, tocan las figuras. Llevan la mano a su pecho, luego a su cabeza y luego al cielo. Algunos dejan ofrendas. Flores, semillas, comida, o prenden velas y rezan.

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“Merchandising” tibetano
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Plaza Durbar
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Barrio Chetrapatti.
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Kala Bhairab

Como consecuencia de las culturas limítrofes hinduismo y budismo conviven en armonía. India al al sur y Tibet al norte. En unas horas de caminata podes cruzar la ciudad. Encontrarte con la ventana donde a veces asoma la Kumari o la niña diosa nepalí en la Plaza Durbar, o escuchar los rezos tibetanos en en barrio de Bodnath, donde se encuentra la Stupa con el mismo nombre.  Y terminar acercándote al templo de los monos (Stupa Swayambhunath) que surge a lo alto desde el valle.

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Templo de los monos
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no paso el basurero…
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Mercado, un domingo

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Una inolvidable primer sensación de esta ciudad laberíntica, fue el olor. Cual hilo de Ariadna, fue una constante en cada caminata. Los hay de todos los gustos e intensidades. A pesar de los grandes tumultos de basura en las esquinas y la caquita de las vacas, el olor mas distintivo es el incienso. Los ponen en la entrada de los negocios de a manojos. También se sienten las especias. Se venden tanto como las pashminas, están en bolsas de arpillera: azafran, curry, cilantro jengibre. Sin saber aun que íbamos a reconocer esta superposición de aromas en el resto del viaje, nosotros lo bautizamos  olor a Namasté.

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